DOLOROSAMENTE BELLA
Llena de contrastes, contrapuntos y claroscuros, dolorosamente bella, El sembrador de mariposas nos muestra “que
la vida no es más que pequeños paréntesis de felicidad”.
“Un roce con la muerte cambia para siempre la vida. Nada se vuelve a
ver o sentir igual. Uno es otra persona, reacciona diferente, siente y ve
diferente, rechaza actitudes que ahora considera inútiles y abraza otras que
jamás hubiera aceptado. Es más paciente, más humano, más frágil y, al mismo
tiempo, más fuerte”.
Leo estas frases profundas que ocupan las últimas páginas de este
libro y tengo que detenerme a darles su tiempo a las palabras y acomodar las
emociones que me habitan. He recorrido toda la historia cuidadosa y serenamente
y no solo me he cautivado con cada uno de los personajes sino con la naturaleza
circundante, con el entorno mágico que los abriga, con los escenarios en los
que sus dilemas, pérdidas, desazones, sorpresas y alegrías, se suceden.
Imagino a María Clara, gran viajera, políglota, poeta, culta, sensible
y madura, deslizando la pluma y reconstruyendo pasajes de vida, de su vida,
porque es innegable que cada artista, cada creador es solo capaz de dar luz a
su obra a partir de lo que trae impregnado, de lo que lleva adherido a la piel
y taladrado en el corazón. Esto el lector lo siente, lo sabe en cada línea
porque la personalidad de su autora canta y transpira en cada página.
Estoy segura que va enamorándose de cada paraje que conoce,
enganchándose con su pasado, cautivándose con su historia y sus habitantes y
por ello es capaz de plasmarlo en su obra con tanta asertividad y delicadeza.
Colores y aromas trascienden el papel y nos llegan, así como las vívidas
imágenes de los sitios en que la narrativa transcurre: Cartagena, Bogotá,
Michoacán en México y Petra, son también personajes, que con sus peculiares
características maravillan y conmueven.
“No sé si es verdad lo que recuerdo, o solo es un truco abrumador de
mi memoria”, se lee en uno de los versos de Lunas Rotas, su más reciente libro
de poesía. Esta frase tiene una relación directa con la construcción medular de
El sembrador de mariposas porque,
contada en primera persona, desde la visión de cada uno de los personajes
centrales, provoca que los lectores seamos capaces de adentrarnos en los
universos interiores, en las atmósferas más íntimas de sus vidas. Así se va
armando un rompecabezas emocional en el que cada pieza va ajustándose hasta
encajar con las otras.
Está Tomás, pelirrojo veinteañero, biólogo, apasionado de los bichos,
de los insectos alados, de los animales, quien con su ingenuidad, bondad y
deseos a flor de piel, cae en tentaciones por las que tendrá que pagar un
precio mucho más alto del siquiera intuido. Sufre por las depresiones de su
madre pero encuentra refugio e incondicional amor en su padre.
Comparte amistad y vivencias trascendentes con Marina, rebelde e
impredecible y con Valentina, también pelirrojiza quien es su prima hermana.
Ambas son niñas abandonadas por sus progenitores no necesariamente muertos sino
ausentes, huérfanas de amor, carentes de abrazos, encarando la vida tan distintamente,
tan dolorosamente. Juegos y búsquedas de la edad temprana se suceden entre ellos
en compañía de Guille, el amigo más cercano de Tomás, al que adora y quien es
capaz de colmar su paciencia constantemente. Todos ellos crecieron y
compartieron espacios y remanso por diversas circunstancias azarosas, en la
bellísima casona de La Candelaria, con su exótica Huerta de las Ánimas. Aquí rieron
y soñaron muchas veces y ya adultos habitan o vuelven marcados, distintos, a ella, reconociéndola
como la única capaz de contener sus iras y desahogar sus penas.
Dueño de ésta es Salvador, el padre y Luli la madre de Tomás,
extraordinaria pintora que transita por cuasi permanentes estados depresivos.
Sus cuadros dan cuenta de sus fracturas emocionales y sus brevísimos episodios
de lucidez y alegrías. También están Ernestina y Martín, ama de llaves y
cocinera la una, maestro de piano el otro, que resultan ser pilares
fundamentales en el funcionamiento de ese hogar.
Y luego y sobretodo están las mariposas. Tomás va tras ellas, las
estudia, las protege y guarda como guarda esos pequeños momentos de luz en los
que gracias a ellas conecta con su madre y recibe su brevísima atención.
Luli, esta mujer encerrada en su mundo, marcada por sus varios abortos
y niñas muertas, es incapaz de acercarse del todo a su único hijo logrado,
vivo, para no apegarse, para no volver a sufrir el indescriptible dolor de la
pérdida, el vacío inmenso de la ausencia.
A cada personaje le sobreviene lo suyo, sus propios quebrantos y cada
cual los resuelve a su manera. Expían sus tristezas, solventan sus tormentas,
exhiben los secretos que estuvieron a punto de asfixiarlos incapaces ya de
evadir sus consecuencias.
La existencia es laberintos, espirales, giros. Aquellos duelos son
también preparatorios para lo bueno, para lo maravilloso que habrá de llegar. Y
esos breves, sustanciosos momentos que duran un segundo pero que se sienten
como un siglo, son exactamente como las mariposas: su existencia breve, su
salir de la crisálida y volar para desaparecer luego, nos recuerda a la
felicidad: ese específico e irrepetible momento sublime, palpable, que cala y
marca para siempre, que fortalece el ánimo y el cuerpo y nos prepara para lo
oscuro, que también tendrá su lugar y de nuevo el ciclo, así, una y otra vez:
claroscuros, contrapuntos, contrastes, muerte y vida.
¿Cómo puede uno ser capaz de conmoverse hasta las lágrimas ante un
millar de mariposas monarca que se acercan revoloteando intensa y vivazmente en
medio de un paraje de verdes encendidos? ¿Cómo podemos acariciar los muros de
una ciudad secreta o los floridos balcones que permiten ver el mar más allá de
un sitio amurallado? ¿Cómo seremos uno con la naturaleza vibrante de un
desierto ardiente o de una montaña boscosa, en cuyo seno habitan toda clase de
especies una más divina que la otra? ¿Cómo sentir la ligereza de las alas y
sorprendernos con sus colores azul y cielo? Solo ocupando el dolor, transitando
a través de aquellos puñales que se nos clavan en el pecho, esos infartos del
alma que nos vienen desprevenidamente a robar la paz, a ponernos al borde del precipicio,
a recordarnos la fragilidad de nuestros pasos por este espacio y este tiempo.
La belleza duele porque nos rebasa y nos colma a la par de hacernos comprender
que nunca nada así de perfecto será para siempre.
Eso es esta novela y sus conmovedoras letras; esa sacudida. Es un
análisis delicado y necesario de lo que la vida, la excitante, peligrosa y
maravillosa vida contiene: fuertes dosis de angustia y desasosiego que tienen
que sucederse antes de la paz, del consuelo, de la mano amiga, del abrazo reparador,
del territorio infinito de los besos, del amor entre pieles y conciencias, y de
la certeza de que todo esto, todo junto, todo contrastante, todo tan inmenso,
tan perfecto y sobrecogedor, vale la pena.