Jueves, 12 de Diciembre del 2019

EL NACIMIENTO DE UNA ORQUIDEA

Soñé con Amanda. La vi en su librería: El Jardín de las Letras, antes de la atroz quema de todos sus libros en ese Berlín lleno de odio. Me susurró al oído un nombre: Orchidaceae Epidendroideae Phalaenopsis y luego me sugirió buscarlo en “el libro de botánica en francés con dibujos a mano de plantas y flores exóticas, que su padre había traído de un viaje de trabajo a las colonias”.

Apenas puedo creer que en el momento en que concluí la lectura de esta novela desgarradora y entrañable, se haya abierto en mi orquídea, después de varios meses de sequía, el botón más grande descubriendo la primera flor de entre un conjunto de pequeños brotes. A pesar de que sus hojas desde la raíz nunca dejaron de estar verdes, sus varas parecían totalmente secas. Casi había perdido la esperanza cuando hace algunas semanas, una de las dos que la conforman, comenzó lentamente a reverdecer. Cada día desde entonces, la observé, le hablé, la acaricié pidiéndole que no se diera por vencida. Y ocurrió el milagro, ocurrió la manifestación de vida sobreponiéndose a las infinitas posibilidades de morir.

Quise volver a soñar en Amanda para decirle: tú tampoco puedes darte por vencida, tú eres la Orquídea, y debes luchar por vivir y preservar la vida de tus brotes, para que florezcan, tú no puedes morir, siempre hay esperanza.

Se me encoge el corazón al pensar que así como mi flor recién nacida podría representar las vidas milagro de los sobrevivientes, metafóricamente, los capullos no abiertos simbolizan las vidas perdidas de otros niños, que no lograron sobrevivir en la guerra, es decir en la oscuridad y en la sin razón; aquellos para los cuales un pequeño rayo de luz no fue suficiente para darles vida de nuevo, para devolvérselas, para resucitarlos del horror y la desesperanza.

Una orquídea con dos varas. Una madre, Amanda, con dos hijas: Viera y Lina. ¿Cómo puede reunir el valor para entregarlas al pie de la escalinata de un barco? ¿Cómo puede elegir entre una y otra si las dos son su misma carne y su misma sangre, si las dos son flores de su verde y joven planta? ¿Cómo olvidar a una de ellas, o a las dos?

En la historia de ficción que con su narrativa hermosa y brillante, Armando decide contar acerca de un hecho real, todo me lleva a pensar que las flores del libro de cuyas páginas desprendidas Amanda Sternberg, la protagonista, se vale para escribir cartas conmovedoras, representan justo eso: la belleza y la vida en medio de la muerte, del despojo, del horror de lo inevitable. Emociones dolorosas, profundas, terribles, son tratadas con la habilidad de un gran contador de historias, que sabe honrar el pasado para mostrarlo y obligarnos así a no desconocerlo.

La hija olvidada nos muestra que en la guerra nadie triunfa, ni siquiera los que ganan. Los niños son arrancados abruptamente de su infancia, los adultos se ven despojados, vejados, desposeídos de su mundo, arrancados de raíz de su tierra.

La novela presenta inmensos dilemas morales. Uno de ellos, el más tremendo, ocupa casi la mayoría de las páginas y nos pone el alma al rojo vivo.

¿Qué haría yo en este caso? Es inevitable preguntarse como es inevitable seguir leyendo para tratar de comprender las razones, de entender los contextos, de desentrañar a los personajes, para armar el rompecabezas que toda vez unido, da cuenta del entramado horroroso de la Segunda Guerra Mundial, del exterminio, de la “proclamada supremacía alemana”. Todo es injusto, todo es arbitrario e indigno en esa etapa de la historia del mundo, todo es como lo es también hoy, en este presente en el que siguen los éxodos por odio, las migraciones forzadas, el destierro.

Somos los mismos, parece que no hemos aprendido nada. Hoy, así como sucedió en 1939 con el barco llamado Saint Louis, dejamos a la deriva a los miles y miles de refugiados que tocan las costas de nuestros territorios y no reciben auxilio, encontrando entonces la muerte, en el viaje desesperanzado hacia un anhelo de vida, que nunca llega. Para los pasajeros de ese barco (en el que la hija mayor de apenas ocho años de Amanda viaja sola) la travesía es una pesadilla en la que el regreso a Hamburgo, de esa nave de mar que debía tocar puerto en Cuba, se convierte en una condena de muerte.

Más la sequía se acaba con la primera gota de agua que reciben unos labios supurantes, rotos, agotados. Y las almas nobles como las de Hilde, Claire, el padre Marcel, la cocinera Marie Louise y la pequeña Danielle, se abren paso para mostrar que aún entre el más atroz de los escenarios la esperanza es un río, un oasis.

Los valientes aparecen para visibilizar la nobleza de los sentimientos humanos que pueden permanecer inquebrantables para ofrecer alivio y consuelo a los marginados, a los heridos, a los mutilados en carne, a los de corazón devastado, aún a costa de perder lo suyo y enfrentar la muerte. La vida encuentra entonces sus maneras, como en el caso de mi Orquídea y los caminos se abren para conducir los pasos de aquellos que corren con la suerte de poder seguir andando hacia una tierra, hacia unos brazos, hacia un refugio en donde no solo encuentran paz, sino vida, una nueva historia, una nueva posibilidad de que su flor alcance el esplendor.

La hija olvidada es por encima de todo el recuerdo de una mujer, Elise, que hacia el final de su vida es sacudida por sus memorias y a través de éstas se ve obligada a desandar sus pasos para reconciliarse con su infancia como Lina, con su historia; para que quienes la preceden, y a su vez los lectores de las páginas de esta extraordinaria pieza literaria, no sean, no seamos condenados a repetirla, sino que por fin podamos ser capaces de desahogar los duelos y vivir en el presente, en paz, con la promesa de jamás estar perdidos, de nunca ser olvidados.


PAULINA VIEITEZ

22 de agosto 2019