HURACÁN
La primera vez que oí hablar de Sofía fue una mañana
de desayuno de trabajo con Roberto Banchik, director general de Penguin Random
House México. Me contó con entusiasmo que estaban por publicar a una autora,
nacida en Monterrey, cuya novela había fascinado a todos. Dijo que era una
nueva voz que llegaría a ser grande. No se equivocó.
El Murmullo de las abejas, llegó a mí en un precioso envoltorio acompañado de una invitadora carta de Wendolín Perla, su editora. Lo leí pausadamente, gozando con la dulzura que venía de sus letras y que luego, comprobé , su autora también tenía. Después, nos conocimos en una de las Charlas con Café, que realizo para Sanborns y desde ahí hicimos una conexión que no ha cesado. Admiré su calma, su inteligencia, su saber estar, sus ganas de rescatar ese pasado que, por andar tan aprisa, desdeñamos o se nos olvida. Tuvimos una conversación sustanciosa que dio pie a una amistad sincera y permanente desde entonces.
Mi edición autografiada circuló entre las mujeres más cercanas: mamá, abuela, suegra; y la recomendé a mis amigos. Todos quedaron prendados de esa historia en la que también vieron la de sus padres o sus abuelos, porque es la historia de un periodo vital de México. Bien podría ser el álbum familiar y el relato de cualquiera que haya habitado esos pueblos siendo parte del alma revolucionaria de nuestra tierra. Lectores en fin, quedamos ávidos de más de ella, de más letras suyas.
Meses después, Sofía me contó de Huracán y vi en
ella una vehemencia que no le conocía. Entreví la pasión por el que fue en
realidad su primer hijo literario y el orgullo por haber traspasado la frontera
del teatro y sus guiones, para llegar al ámbito de la literatura. No podía
esperar más para leerla, le dije, y cuando por fin la tuve entre mis manos y
hojee sus primeras páginas, fue un momento peculiar. Me encontraba en Acapulco
y esa noche tuvo lugar una tormenta inesperada, con truenos, rayos y descargas
eléctricas incluidas. El hotel se quedó sin luz y sin agua y yo apenas salía de
mi estupor al estar viviendo casi lo mismo que leía en las páginas de Huracán.
Fue una señal, sin duda, de que la realidad equipara o a veces supera a la
ficción y un buen narrador y ser humano, como Sofía, sabe de ello.
La imagen de Aniceto “el regalado”, venía a mí en
ese cielo turbulento que no parecía calmarse. Su vida, las condiciones de su
nacimiento y su peregrinar me hicieron reflexionar mucho. El clima y la
maravillosa narración me invitaron a sumergirme a fondo, como lo hicieron el
ridículo de Paul y su tristemente célebre esposa Lorna, en las transparentes
aguas de Cozumel, buceando entre sus carencias, ahogándose con todo y las flaquezas
que exhibían tanto de sus orígenes, de su escasa educación y por si fuera poco,
de su desdén por lo nuestro, por lo mexicano. Ahora, en este presente
turbulento, puedo afirmar que Sofía, además de una extraordinaria narradora es
también una vidente, cualidad, de entre las muchas que tiene, que no le conocía.
Logró en Huracán, anticipar lo que ha llegado, lo que nos viene a poner de
frente lo peor del ser humano, lo que ha acontecido en el ya nada bien querido
por mí y por otros, en el país vecino.
La autora habla de los cerdos entre los que vive
Aniceto y cómo invariablemente, debe regresar a ellos, como si se alimentase de
su escoria para poder subsistir. Cuenta acerca de seres humanos que se comportan
como si fuesen esas creaturas malolientes, agazapadas entre el fango,
imposibilitadas a ver más allá de su propia suciedad. Eso, lo más oscuro que
las personas guardan, que guardamos a veces, se exhibe a través de personajes
que buscan en la podredumbre su venganza, o quizá explicarse el por qué de su
soledad, de su necesidad de sanar las heridas, perdonar sus malas decisiones;
ser vistos, en fin, ser amados.
Eso buscaba el regalado, eso quería quizás del
fantasma del güero, ser reconocido, reivindicado. Eso también perseguían los
regios, Marcela y Roberto, al acudir a esa isla buscando huir de la aplastante
cotidianeidad. Todos cargando a cuestas su pasado, todos queriendo solventar su
turbulento presente; incluso Manuel, queriéndose sacudir su desgracia, sus
orígenes, entender. Entonces llega el Huracán con nombre de mujer.
Roxanne arrasa con todo. Su lluvia y sus vientos
sacuden, desbaratan, mojan. Mientras tiene lugar afuera, los arrebatos
interiores de cada uno de los personajes de esta fantástica novela, alcanzan su
clímax, y también, quiero creer, se limpian. Objetos y cuerpos desvencijados,
lastimados, heridos, deben ser acomodados de nuevo, reparados, suturados,
arropados. ¿Qué acaso no es eso lo que todos buscamos, lo que queremos
comprender? Que queremos ser reconocidos, vistos, queridos, y en todo caso,
redimirnos, lavar nuestras culpas y volver a empezar.
Sofía nos lleva de la mano, valiéndose de ese suceso, para ver si leyendo, identificándonos, preguntándonos, lo logramos.
Nos empapa de sus letras, nos adentra en las
profundidades de nuestros propios océanos, de nuestras tormentas, del huracán
que no es más que la vida misma.
Por eso no se la pueden perder, ni a ella ni a ésta, su maravillosa historia.